Allez, Allez Petites

Archivo

Ufficio missioni

Foglio informativo

Catalina de Siena (1347-1380)

image

Catalina de Siena nace el 25 de marzo de 1347 -fiesta de la Anunciación– en la ciudad de Siena (Italia), una maravillosa joya arquitectónica de la suave Toscana.

El siglo XIV es ciertamente uno de los períodos más sombríos de la historia de la Iglesia. Se caracteriza por:

ü una gran corrupción tanto al interior como al exterior de la Iglesia y un relajamiento de la disciplina; los Papas abandonan Roma y trasladan la sede papal a Avignon, ciudad bien protegida, al sur de Francia.
ü
la división del poder entre un gran número de príncipes que pasan el tiempo en guerras fratricidas en las que se ven envueltas todas las ciudades de Italia. Se verá diezmada un tercio de la población de Europa.

El padre de Catalina es un tintorero renombrado y su madre está entregada a su casa con sus 25 hijos; como Catalina es la penúltima, goza como ocurre a menudo en estos casos, de una atención muy especial de parte de sus familiares. Sin embargo la atención de la que Catalina es objeto, no se puede comparar en nada con la que, bien pronto, le manifestará su Señor.

A los 6 años vive una experiencia espiritual que marcará su vida de manera decisiva: en el cielo, justo encima de la iglesia de los padres dominicos, se le aparece Jesús. Este encuentro absolutamente imprevisible y gratuito, le introduce en el mundo y el Misterio inconmensurable del Amor de Dios. Sorprendida y admirada por esta visión, colmada de alegría por el don recibido, hará que en adelante su vida sea una búsqueda constante y un anuncio del Amor apasionadamente deseado y amado.

Siendo todavía niña y durante su adolescencia, Catalina pasa mucho tiempo en soledad, consagrándose a la oración y haciendo penitencia. Cada vez más fascinada por el Misterio del Amor de Dios, lo contempla largamente en la pasión de Jesús en la cruz. Sus duros desacuerdos con su madre, que no comprende a su hija, Catalina ya no los vive como obstáculos; poco a poco son para ella, como lugares donde puede ver confirmada la verdad de los deseos que el Señor ha depositado en su corazón.

Fuertemente atraida por la espiritualidad dominica, obtiene, no sin dificultades por parte de sus padres y de la responsable de las “Mantellate”, entrar como terciaria dominica, a la edad de 16 años, en este movimiento constituido por laicos; allí, encuentra a mujeres, sobre todo viudas que siguen viviendo en su propia casa y se dedican a la oración y al servicio de los necesitados.

En este período Catalina se entrega todavía más a la contemplación y a la pasión por la penitencia vividas en soledad.

La joven “mantellata”descubrirá que una de las principales maneras de manifestar su Amor a Dios consiste en hacerse cercana y en ocuparse de todas las personas víctimas de “el amor egoísta e incontrolado de si mismas”. Catalina se da cuenta claramente que el amor propio es uno de los pecados más graves porque: invade el corazón del hombre –como el suyo– cultivando en él los frutos amargos que llevan el nombre de pobreza, divisiones, violencias, guerras y muerte.  

Catalina empieza entonces a recorrer las calles de la ciudad, la encontramos en las prisiones y los barrios más peligrosos a la búsqueda de los que sufren, de las personas abandonadas en los hospitales; cuida con mucha ternura a una prostituta abandonada por todos a causa del mal olor que despiden sus llagas; a pesar de los gritos amenazadores de la multitud, acompaña -con su presencia y sus palabras– a un hombre condenado a muerte. Afronta sin miedo la epidemia de la peste, llevando medicamentos y prodigando consuelo a los que se encuentran a punto de morir.

No se puede tampoco dejar en el silencio, las numerosas cartas enviadas a las personas de todas las categorías sociales con el fin de aconsejarles, reconfortarles, animarles; con razón a Catalina le llaman la “Mamma”.

Instruida, habitada y movida por el Amor de Dios que lo encuentra en su “celda interior”, la pasión de Catalina por el prójimo crece y le empuja a mirar más lejos.
Se deja interrogar por la situación política, económica, social de su tiempo y constata que:

ü la iglesia, mezclada en guerras, es cómplice del poder temporal, se aleja de Roma y se preocupa solamente de sus intereses particulares.
ü
los responsables civiles son prisioneros de los conflictos fratricidas y tienen como único objetivo, el poder y el dinero.

Catalina se da cuenta de que en la sociedad donde vive, “la Verdad no es ni conocida, ni amada”. Así pues, sin dudarlo, abandona Siena, para hacerse “embajadora de la Paz y la Verdad”, ante las autoridades eclesiásticas y políticas. Catalina, mujer frágil y fuerte a la vez, llega hasta las grandes ciudades del norte de Italia y de Francia. Después de numerosas fatigas y de muchos esfuerzos, logra convencer al Papa para que vuelva a Roma, aunque sea para una estancia de corta duración.

Se comprende fácilmente por qué esta joven personalidad, tan alejada de los criterios que rigen a las mujeres de su tiempo, ha sido motivo de extrañeza, a veces de escándalo, y también de admiración. Al principio sus hermanos dominicos dudaron mucho de ella. Unicamente después de una dura confrontación con ellos, Catalina empezará a beneficiarse de su ayuda y de su apoyo para realizar su extraordinaria vocación de dominica.

La pasión de Catalina por Dios y por el mundo herido y confuso, enraizada en la experiencia de un “Dios Amor que quiere la salvación de todos”, resuena también en los corazones de los hombres y mujeres de toda procedencia social que, gracias a ella conocen, encarnan y anuncian la Buena Noticia.

Después de haber confiado al “Diálogo” su profundo conocimiento del Misterio divino, revelado en Jesús, Catalina muere en Roma el 29 de abril de 1380, consumida por la entrega ilimitada de su vida a la Misericordia, pero sin ver reconciliada a la Iglesia dividida por el gran cisma de occidente y ofreciendo su vida por esta misma Iglesia por la que había luchado tanto y a la que tanto había amado.

 


© Suore Domenicane di Santa Caterina da Siena - Rome, Via degli Artisti 17- Italy