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Domingo
nace en 1771 en Caleruega, pequeño pueblo de España, en la
meseta de la árida, ruda, pero muy bella Castilla.
A
finales del siglo XII y comienzo del XIII, toda Europa
occidental se ve sacudida por cambios importantes tanto en el
plano político como en el social y eclesial:
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el feudalismo entra en crisis y se debilita: se constituyen
pequeños estados y, los derechos de las personas se
refuerzan frente al poder de los señores.
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una paz relativa favorece el desarrollo del comercio. Surgen
nuevas ciudades que muy pronto se rebelan celosas de su
autonomía.
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esta paz favorece también la eclosión demográfica: el campo
se despuebla y ya no es el centro de la vida. Los nuevos
ciudadanos se organizan en corporaciones, con sus leyes
propias, mientras que los monasterios, centros de la
evangelización rural, pierden su influencia. Es la época en
la que se construyen las catedrales.
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la Iglesia misma atraviesa por una grave crisis, primero en
su interior: frente a la pobreza y débil formación del
clero, escandaliza la riqueza de la jerarquía; al exterior:
los movimientos heréticos, que tienen aparentemente un gran
éxito, generan la confusión y dejan las iglesias casi
vacías.
Domingo pertenece a esta época; nace en una familia noble
donde reina un clima de gran ternura y fe. Al finalizar su
tierna infancia, se le confía a un tío sacerdote, quien se
encargará de su educación. Así, casi naturalmente, su vida se
orientará hacia la vocación sacerdotal.
Domingo
hace sus estudios en la Universidad
de Palencia. En tiempos de una gran escasez, entra en contacto
y palpa el sufrimiento del pueblo; se da cuenta de que,
estudiar o predicar la Palabra de Dios exige primeramente
encarnarla: así pues, sin dudarlo y con el ardor que le
caracteriza, vende todos sus libros: “No puedo continuar
estudiando sobre las pieles muertas, cuando los pobres, mis
hermanos, mueren de hambre”.
Joven
sacerdote, en 1198, lo encontramos entre los canónigos
regulares en la soledad, a la sombra de la catedral de Osma;
allí, en el silencio y la oración, Domingo consagra todas sus
energías a la contemplación y al estudio, para conocer el
verdadero rostro de Dios, revelado en las Escrituras, y sobre
todo en Jesús crucificado. Durante este período, hace también
la experiencia de la fuerza y del apoyo que representa la
comunidad.
Se
podría pensar que la vida de Domingo está definitivamente
definida. Pero, en 1204, invitado por su Obispo Diego,
encargado de una misión diplomática en Dinamarca, Domingo
abandona España y sus seguridades, por una aventura que
enriquecerá no solamente su persona, sino también la de otras
muchas. Tiene 33 años y ya no volverá nunca más a su tierra
natal.
Viajar, cruzar fronteras, confrontarse con realidades y
mentalidades diferentes,
no
dejan indemne a nadie, sobre todo, cuando como Domingo, la
persona está habitada por el deseo apasionado de comunicar a
los demás la experiencia profunda de un Dios que le hace libre
y feliz.
Dos encuentros… un doble choque… serán el “crisol” en el que
el Señor forjará en Domingo, su “ser predicador”:
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En Tolosa, durante un diálogo con su hostelero –un cátaro
herético que niega el Misterio de la Encarnación– Domingo
percibe la urgencia de ir al encuentro de este mundo marcado
por la herejía para vivir en él y “dar cuerpo” al rostro de
un Dios, Padre lleno de compasión y de misericordia que
quiere la salvación de todos.
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En Montpellier, su encuentro con un grupo de misioneros
católicos, llenos únicamente de sus riquezas, y objetados
duramente por los heréticos a causa de las mismas, permite a
Domingo experimentar en su propia carne, cómo el Dios
revelado por Jesús “servidor sin gloria ni prestigio”,
no puede ser anunciado mediante el poder o la fuerza: “Bajaos
de vuestros caballos e id, de dos en dos, en la
pobreza voluntaria”.
El encuentro con los hambrientos de pan o de verdad, como el
encuentro con la Palabra, serán para Domingo en adelante, los
lugares de su contemplación constante, del don radical de su
persona y harán de él, una “Predicación viviente”.
He aquí por qué, cuando reune a sus primeros hermanos, puede
-a pesar del desacuerdo de todos los que le rodean- enviarles
de dos en dos a los caminos: ha nacido la gracia dominica y la
fuerza de este soplo creador llenará los corazones sedientos
de numerosos hombres y mujeres, religiosas y religiosos y aún
de los laicos…
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En Prouille… monasterio fundado por jóvenes cátaras
convertidas y consagradas al servicio de la oración y del
silencio,
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En Tolosa… la primera comunidad en la que Domingo, en
Diciembre de 1216, recibe del Papa Honorio III, la
aprobación oficial de la “Santa Predicación”.
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En toda Europa: París, Bolonia, Oxford, Colonia…
“el grano amontonado se pudre”
De 1220 a 1221, Domingo establece las primeras bases de la
Orden. Para poder estar totalmente “dedicados a la predicación
de la Palabra”, los hermanos son enviados a las fronteras,
fundados sobre la Palabra y caracterizados por la búsqueda de
la Verdad encarnada en una fraternidad cada vez más universal.
Consumido por su pasión de servir a Dios y de comunicar la
Vida al mundo, muere Domingo en Bolonia el 6 de Agosto de
1221. El 3 de Julio de 1234, el Papa Gregorio IX lo proclamará
“SANTO”.
(Ilustraciones de Augusta Curreli)

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